Las diferencias entre Hermano y Hermana (Parte III)

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Jazmín, la perrita de Camila, era consentida y coqueta. Hacía mohínes jocosos y era capaz de embaucar al más astuto explorador de la condición perruna. Mordía traviesa la pollera de su socia, didáctica, pidiendo que moderara la ansiedad.

¡Imposible! Algo grave estaba a punto de ocurrir. Ya no eran meras premoniciones. La quietud del momento albergaba el eco de batallas antiguas, pisadas ya pisadas, vestigios de marchas con tambores.

Sí. Había más perros por allí, y Jazmín, con su astucia ancestral, lo sabía, dotada con el olfato que conservan los canes de rescate o salvamento, localizando a personas extraviadas en los montes, sepultadas por aludes, o víctimas de accidentes. Esos perros, decididos y resistentes, sabuesos, mastines, pastores alemanes y otros, pueden desenterrar a muertos escondidos a la vista. También hay perros súper especializados que detectan drogas en traficantes, localizan explosivos, o ejecutan mil trucos divertidos en los circos.

-¡Edil! – llamó Camila. Su hermano, en las nubes

Edil. Sonoro. Polisémico. Un signo perfecto para sus ojos achinados sobre el espacio de las mejillas de pómulos salientes, y la barbilla y el cuello delicadísimo, que sugerían, por las texturas húmedas, devoción a las profundidades acuáticas y apetito hacia los peces y los caracolitos silvestres.

El aire se fue cargando de más augurios de la presencia de cuadrúpedos. Clima denso. Quizás aullidos, cada vez más cercanos, un hecho que le limitaba el uso de la vista y enturbiaba el espacio. Sí, la aproximación de perros callejeros al lugar, era evidente. Había mucho movimiento. Sólo la mascota electrónica permanecía inanimada. Era para no creer eso de que algunos niños japoneses se habían suicidado una ve que sus mascotitas paraban de funcionar.

Ya no tenían a quien cuidar. Ya no se despertaban de noche sobresaltados al escuchar sus urgencias, sus necesidades de agua u otras macanas. Se sentían huérfanos, o como sin sus criaturas, sin motivo para seguir existiendo.

Edil era alto y en el movimiento de su boca resaltaba la voluntad de agradar a los otros, su flexibilidad. Labios abundantes sin exageración, se abrían como una fruta pulposa recién cortada en el centro, desafiando al carozo, transmitiendo ¡qué música escuchaba con los auriculares!, y luego, si lo pillaban, un tic de trompita extendida, una mueca despectiva, para disimular el gozo y apuntar que la melodía no pasaba de simple… acompañamiento.

Este chico era lo que comúnmente se cataloga como un andrógino: nadie podía etiquetarlo definitivamente como un adolescente con características femeninas o actitudes masculinas. Tenía quince años y parecía mayor por la estatura y su ecuanimidad (13). Era obediente con sus padres, obediente con sus compañeros, obediente con las normas sociales y muy desobediente con sus propios deseos. Constantemente hacía lo contrario de lo que anhelaba, manejando como una marioneta por los sueños ajenos, que él ayudaba a concretarse.

En cambio su hermana Camila tenía sólo trece años y era frágil como el cristal de Murano, apilonado en copas y figurillas del mueble central de la sala, testimonio de los viajes a Italia que uno tras otro emprendieron los miembros

del clan para honrar para honrar a sus antepasados. Camila. ¿Hacia dónde sus gestos, su mirada, su aliento? Camila, mujercita, fondo de misterios para un chico sensible e inteligente. No había en todo el mundo una niña tan extaña y multifacética como ella. ¿Por qué tanto trajín? ¿A qué tantos volados, moños, cintas? Seis minutos y ya estaba sentadita otra vez, huyendo de lo profano y ahondando en lo sagrado, dispersa, desafiante. Con trenzas, rubias, de grandes ojos almendrados, hacía exactamente lo que quería, imitando a las mujeres nativas de la región cultural de América del Sur.

Cuentan los libros de Historia que las primitivas indígenas de esta zona del trópico de Capricornio eran libres en sus manifestaciones, y muy hacedoras. Se envolvían en un hilo fino y dorado de placer con los animales, las plantas, los minerales y los demás pobladores de su geografía. Este hilo esplendoroso, enrollado en sus cinturas, atravesaba la telaraña de hechos que normalmente mueven nuestra memoria, y así el mundo les prestaba el encanto sutil de la belleza.

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