Un animal artificial o una perrita de verdad (parte I)

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La tarde de enero era calurosa. Algo en la luz y la brisa contaba que el cielo se desplomaría sobre Edilberto, que reposaba en una hamaca del jardín. Él miro su pequeña mascota electrónica y dedujo que tenía hambre. ¡Hambre y sueño a la vez! Sobresaltado, presionó los botoncitos entre sus dedos.

-¡No te duermas! – le ordenó con firmeza.

La máquina de plástico, redondita y digitalizada (1), respondió con sonidos estridentes. Toda una serie. ¡Uuuuuuuuuu! ¡Aaaaahhhh! Edilberto los interpretó como gruñidos que lo culpaba por ser imperfecto. Pensó y pensó. ¡Pensó hasta sentir que la cabeza le explotaba!

¿Para qué deseaba una compañía artificial? El aparato, de colores índigos y verdes, se desconectaba cuando él quería compartir el momento, y lo urgía a medianoche, pidiendo agua: bip-bip-bip, impaciente y como si un instinto extraordinario lo impulsara a querer dominar a todos.

-¡Shsss! Cállate. Shissss, cállate.

Dominar. ¡Dominar! Esta mascota industrialmente, controlaba, dirigía y limitaba los horarios y las ocupaciones de Edilberto. Si creía que el chico era agresivo con ella, le soltaba una descarga para que se calmara, y si la mimaba en exceso, pitaba y pitaba para que no abusara. Si estaba deprimida, reproducía melodías inentendibles como pidiendo que la llevara al veterinario. ¡Delirante!

Mientras, la perrita, la perrita de verdad de su hermana Camila, le lamía los dedos de los pies, le lamía la cara y ella le acariciaba las orejas, giraba a su alrededor como una maga, ingrávida. ¡Que sufrimiento, mirarlas saltando, y sus risas!

Volvió a tocar su mascota, impulsivo, pero se dio cuenta de que sólo servía para cautivar su curiosidad, obligarlo a proteger su existencia mecánica y satisfacer sus necesidades tecnológicas. Lo más esclavizante. Porque, ¿qué otra cosa hacen las personas, los niños, los jóvenes y los adultos, sino intentar atravesar el día de una manera entretenida, leyendo o jugando, o ejerciendo un oficio afín con lo que cada uno le gusta hacer, para demostrar sus capacidades y no aburrirse?

Trató de espantar su rabia, y dijo, indignado:
-¡Basta ya, hasta siempre pidiendo! ¿Algo más sabes hacer? ¿Con qué objetivo cruel se olvidaba Edilberto de sí mismo, para atender una bobada comercial, aunque sea novedosa, y en el colmo de los colmos, depender de sus gruñidos tarambanas? ¿Y en el más colmo de los colmos,

registrar cual sonsonete un estribillo en su mente? Preguntas en fila trajinaban por doquier:

¡Aburrirse, ay, aburrirse! ¿Puede haber algo más tonto? ¿por qué me falta un propósito?

Por otro lado, el pequeño aparato ni siquiera se movía. Su aspecto era el de cualquier reloj barato, de esos que los vendedores ambulantes ofrecen en los colectivos exactamente cuando los pasajeros tenemos ganas de una siesta. Estos modernos saltimbanquis, son algunos de los tantos sobrevivientes de guerras sin causa ni fin. Declaman con voz aflautada y ademanes empalagosos, sus ¿vendedoras? Citas, aprendidas de memoria, con verbos y sustantivos desatinados, los géneros atorados, cada plural magullado y todo singular estrangulado.

Mascota infame. Le había puesto el nombre de Lobita. Era una lobita ridícula. Y aún así, con qué ansiedad, con qué ansiedad urgaba Edilberto en sus mínimos registros: los ¡piiiip! Desacompasados, quejidos sólo audibles por la propia fantasía.

Por supuesto que la fantasía propia no es igual a la ajena. Es la realidad que cada uno inventa con moldes únicos originados en el entorno y a la vez detrás del ojo observador. Compiten la voz interior con la de afuera.

No puede ser, es todo al revés, discutió Edilberto con su conciencia. Y su conciencia, ese duende secreto que suele hablarnos cuando menos le esperamos, vivaracha, respondió cantando:

La apariencia de las cosas, de los seres y los bichos de las plantas y los astros, amanece para algunos
y anochece para otros.

-¡Ah, depende de la mirada íntima y no de lo que está allí!- quiso saber más Edilberto. Yo oyó:

Rimas floridas vienen, rimas oscuras van, juramentos y promesas

ni muy verdes ni maduros, ora llorando o riendo disfraz ponen a los necios, y así gritos y ruidos atraen más que la verdad.

Al oír estos consejos, el chico se interrogó sobre la mentira, confundido. Y causó:

– ¡Entonces lo turbio es puro y lo que es fuerte es suave! A lo que su conciencia replicó:

El sonido del silencio es el silencio del sonido Del siglo en siglo Las virtudes crecen
Y nuevos sordos Sus colores pintan

En eso reapareció Camila. Cruzó la galería de la casa hecha un torbellino, siempre con Jazmín, blanca e irreverente. Sus modales advertían la proximidad de una comedia, o de una farsa, si es que al inevitable movimiento de ambas se acoplaban otros animales. Es que Camila siempre andaba otros animales. Es que Camila siempre andaba actuando, y quizás por disfrazarse de tantos personajes, atraía poderosamente a las demás especies.

Había árboles que movían sus hojas de izquierda a derecha cuando se sentaba a leer bajo sus sombras. También las piedras cambiaban de lugar bajo sus pasos, pero éste era un secreto celosamente guardado en la familia.

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